Mundo — 01.05.2019 —

Venezuela : La oposición insiste en las calles tras el fracaso con los militares

La apuesta de la disidencia con la marcha de este miércoles fue intentar consolidar su fuerza movilizadora. 

Por: santotoméaldía / Fuente: Clarín

Mientras Juan Guaidó pedía a sus seguidores no enfriar la calle, en el célebre distribuidor Altamira un puñado de militantes de la “Resistencia” se enfrentaba con piedras y gritos a militares que les disparaban perdigones y bombas lacrimógenas desde la base aérea Francisco de Miranda.

Poco más allá, la diputada Manuela Bolívar tomaba un megáfono para intentar convencerlos de dejar esa estrategia e ir a escuchar uno de los inminentes discursos de Guaidó, en los que hablaría de la hoja de ruta en esta cruzada para intentar desalojar del poder a Nicolás Maduro.

Mantener viva la calle es la estrategia del movimiento opositor encabezado por Guaidó, que reclama unas elecciones libres y competitivas, para propiciar cambios en un país arruinado y sin posibilidades de levantarse bajo el régimen chavista actual.

La tenaza de presiones que esgrime Guaidó tienes tres brazos: el apoyo internacional y las sanciones contra figuras del régimen; búsqueda de apoyo militar que le de fuerza física al movimiento; y el respaldo en la calle de los venezolanos comunes, los que padecen la mayor tragedia económica documentada en un país americano en tiempos de paz y sin huracanes, terremotos ni tsunamis.

El apoyo internacional es sólido en el mundo libre occidental, pero aparte de expresiones diplomáticas y fanfarronadas de EEUU, y de la promesa de liberar miles de millones de dólares desde el FMI, el BID y el Banco Mundial para la reconstrucción de un país en default, no está claro si ese respaldo alcanza para sacar al chavismo.

El apoyo militar no ocurrió, al menos este 30 de abril, cuando Guaidó apareció rodeado de un puñado de guardias nacionales –irónicamente la Guardia Nacional es el cuerpo que reprime con más saña, a sangre y fuego a los disidentes-. Ninguna guarnición militar se sumó, tampoco un general con poder de mando sobre las tropas.

En Venezuela es muy difícil conspirar, ha revelado una fuente con conocimiento del caso, pues la estructura blindada creada en su momento por Hugo Chávez con la asesoría de Fidel Castro, para protegerse de golpes, eleva los riesgos de ser descubierto ante de que un militar llegue a negociar ofertas de amnistía, o de una vida tranquila con la familia en el exterior.

Por ejemplo, componentes militares están repartidos entre las Zodis (Zonas Operativas) y las Redis (Regiones Estratégicas) y oficiales de rangos similares están en posiciones parecidas, de modo que la mano izquierda suele saber en qué anda la mano derecha.

Hay más de 2.000 generales venezolanos, más que todos los de los países de la Otan juntos, según datos del Comando Sur de EE.UU. La mayoría son millonarios hombres de negocios sin incentivos para abandonar a Maduro. En ese mundo es sabido que las traiciones se pagan claras. Hay denuncias de torturas con especial alevosía contra los más de 200 militares que están siendo procesados por conspiradores o por sospechas de serlo.

“Nos vamos a poner de pie una y otra vez, así duela, así sea difícil, pero les juro que lo vamos a lograr, claro que sí se puede”, dijo Guaidó a sus seguidores, en una aparente alusión al fracaso de la víspera. “Mientras mantengamos la presión en las calles estaremos cada día más cerca”, de derrocar a Maduro, reafirmó.

Allí anunció la estrategia de paros escalonados hasta llegar a una huelga general. Pero, es otra jugada delicada, en un país que ya está postrado por una depresión económica que en cinco años pulverizó la mitad del tamaño de la economía y que este 2019 derrumbará entre 25 y 30% más, según el FMI y economistas privados.

El comercio, los servicios, la manufactura y la industria petrolera están trabajando a menos de la mitad de su capacidad instalada; los sistemas de transporte público, electricidad, agua y gas natural están colapsados; el salario mensual mínimo equivale hoy a 7,6 dólares; y la gente necesita dos y tres empleos en la informalidad para mal comer.

El Estado es el principal empleador y expresar apoyo a Guaidó o gritar contra Maduro desde una ventana puede significar que los comités del partido le quiten a un menesteroso la cesta mensual de comida racionada, vendida por el partido de gobierno.

La oposición se esfuerza por seguir en las calles, por dar la cara y por demostrar que tiene planes para salir de Maduro y reconstruir el país. Pero líderes como Guaidó enfrentan el cansancio y el desespero de la gente.

“Señor, tiene una galleta o agua, algo de energía para seguir peleando”, pedía en Altamira un adolescente esmirriado, con el rostro cubierto. Recogía piedras para lanzárselas a los militares represores de una manifestación que había comenzado de forma pacífica.

“Ojalá haya un cambio amigo, pero no sabemos”, dice su acompañante, también encapuchado para distraer el efecto de las bombas lacrimógenas.

Decenas de personas que querían ocupar esta arteria clave de las marchas del pasado, cuando en 2017 fuerzas de Maduro asesinaron a más de 120 manifestantes en todo el país. Restos de motocicletas quemadas, concertinas de alambre de púas arrancadas de la cerca de la base aérea y neumáticos a medio arder, recordaban la pequeña batalla del martes, cuando Guaidó intentó levantar una rebelión militar.

Era medio día bajo el ardiente sol tropical. “La fuerza y la voluntad prevalece. Queremos volver a tener el país que teníamos”, dice el jubilado Elio Arismendi, de 65 años, mientras caminaba, llorando de rabia y de gases. Gana el equivalente a tres dólares por quincena, y recuerda con nostalgia los buenos tiempos en que recibía US$ 800 mensuales y le alcanzaba hasta para llevar a la familia de vacaciones.

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